Esta carta aunque la escriba yo, lo hago con el sentir de mis hijos que al ser pequeños no pueden hacerlo, pero creo que tengo el deber de transmitir desde estas líneas lo que observo en mis hijos, en cuánto al cariño hacía sus abuelos.
Día de los abuelos
Esta carta aunque la escriba yo, lo hago con el sentir de mis hijos que al ser pequeños no pueden hacerlo, pero creo que tengo el deber de transmitir desde estas líneas lo que observo en mis hijos, en cuánto al cariño hacía sus abuelos. Para ellos su mayor ilusión es decir que “vamos a casa de los abuelos” o que “los abuelos…están al teléfono”. Los adoran, los respetan, cuando estos les dicen algo como les obedecen y nunca se les olvida lo que les cuentan. Mis hijos encuentran en sus abuelos una especie de escuela, que les enseña a vivir y contribuye a educar sus sentimientos y su mundo de valores.
Es cierto que los abuelos disfrutan con sus nietos, dejándose contagiar de sus alegrías, descubriendo su carácter y escuchando sus preguntas. Los mayores “pueden ser –y son muchas veces- los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos aportan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias”. Reconozco que son un tesoro para las nuevas generaciones, por sus testimonios, su transmisión de la fe y de valores, su experiencia en todos los órdenes son eso “un tesoro infinitamente superior a lo que ofrece hoy la sociedad de consumo”, porque nos enseñan con otro lenguaje diferente y con otra visión sosegada de ver las cosas.
Carmen Ramírez
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